No tuvimos mucho tiempo para asimilarlo.
Apenas unos minutos después escuchamos un automóvil detenerse frente a la casa.
Alguien llamó a la puerta.
Era Roberto.
Tenía el rostro pálido.
Respiraba agitadamente.
Y cuando vio el maletín abierto sobre la mesa, se quedó inmóvil.
Miró a Camila.
Después a mi madre.
Finalmente bajó la cabeza.
—Ya lo saben.
Su voz sonó agotada.
Mi madre se levantó.
—Roberto…
Él negó lentamente.
—Perdón, Elena.
Entró sin esperar a que lo invitáramos.
Se sentó en una silla junto a la puerta.
Parecía un hombre que llevaba demasiado tiempo cargando un peso enorme.
—Me di cuenta de que no tenía el maletín cuando estaba por entrar al hospital —explicó—. Regresé inmediatamente.
Miró a Camila.
—La enfermera me dijo que una muchachita había estado preguntando por Lucía.
Camila comenzó a disculparse.
—Perdón, Roberto. Yo…