Dentro había un broche de plata con forma de flor.
Mi madre lo miró emocionada.
—Roberto, está precioso.
Él se lo colocó con cuidado.
—Lo vi y pensé en ti.
La cena transcurrió entre risas.
Camila contó una historia divertida de la escuela.
Mi tía Rosa recordó una travesura de nuestra infancia.
Roberto parecía relajado.
Incluso hizo bromas.
Por un momento pensé que quizá estábamos exagerando.
Entonces miró su reloj.
Siete y dieciséis.
Lo vi tensarse.
A las siete y veinte comenzó a guardar sus cosas.
Mi madre se levantó para traer el postre.
—Espérame, Roberto. Hice tu pay favorito.
Él miró nuevamente la hora.
Siete y veintiséis.
—Perdóname, preciosa, pero tengo que irme.
Mi madre se quedó inmóvil con el pay entre las manos.
—¿No puedes quedarte diez minutos más?
Roberto parecía verdaderamente angustiado.
—Ojalá pudiera.
Le dio un beso en la mejilla.