Y cuando le preguntábamos cómo le había ido, respondía con una sola palabra.
—Bien.
Otras veces decía:
—Normal.
Pensé que estaba cansada.
El programa avanzado era exigente.
Quizá tenía demasiadas tareas.
Quizá estaba atravesando una etapa complicada de la adolescencia.
Pero las semanas pasaron.
Y su silencio se volvió más profundo.
Una noche encontré sus zapatillas de ballet guardadas en el fondo del clóset.
Estaban dentro de una bolsa.
Debajo de varias sudaderas.
Me sorprendió.
Camila siempre cuidaba sus zapatillas como si fueran un tesoro.
Las limpiaba.
Las acomodaba.
Y revisaba constantemente que estuvieran en buenas condiciones.
Ahora parecían algo que no quería volver a mirar.
—Hija, ¿por qué guardaste tus zapatillas aquí? —le pregunté.
Camila me las arrebató de las manos.
—Porque sí.
Me quedé sorprendida.
—Sólo preguntaba.
—Pues no tienes que revisar mis cosas.
Se encerró en su habitación.