EL MEJOR AMIGO DE MI ESPOSO LLEVABA A NUESTRA HIJA DE 16 AÑOS A SUS CLASES DE BALLET TRES VECES POR SEMANA. DE PRONTO, ELLA DEJÓ DE HABLARNOS, ESCONDIÓ SUS ZAPATILLAS Y COMENZÓ A LLORAR A PUERTA CERRADA. UN DÍA FUI A LA ACADEMIA SIN AVISAR Y DESCUBRÍ QUE MI HIJA NO ESTABA ALLÍ. CUANDO SU MAESTRA ME DIJO: «SEÑORA, ¿SU HIJA NO LE HA CONTADO LO QUE ESTÁ PASANDO?», SENTÍ QUE EL MUNDO SE ME VENÍA ENCIMA.

—¿De qué hablas?

—De llevar a Camila.

Me reí.

—Julián, no queremos molestarte.

Él hizo un gesto de impaciencia.

—Mi oficina está a unas cuadras de la academia. Paso por esa zona casi todos los días.

Miró a Camila.

—Puedo recogerte, llevarte a clase, adelantar trabajo mientras practicas y traerte de regreso.

Mi hija abrió los ojos.

—¿De verdad, tío?

Julián sonrió.

—Claro. Pero con una condición.

Camila se puso seria.

—¿Cuál?

—Que cuando seas famosa me consigas boletos gratis.

Todos comenzamos a reír.

Camila lo abrazó.

Yo sentí un alivio enorme.

Habíamos encontrado una manera de ayudarla a cumplir su sueño.

Y además estaría acompañada por alguien en quien confiábamos desde hacía décadas.

Durante las primeras semanas todo funcionó perfectamente.

Julián llegaba puntual.

Camila salía con su mochila y su bolsa de danza.

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