—¿De qué hablas?
—De llevar a Camila.
Me reí.
—Julián, no queremos molestarte.
Él hizo un gesto de impaciencia.
—Mi oficina está a unas cuadras de la academia. Paso por esa zona casi todos los días.
Miró a Camila.
—Puedo recogerte, llevarte a clase, adelantar trabajo mientras practicas y traerte de regreso.
Mi hija abrió los ojos.
—¿De verdad, tío?
Julián sonrió.
—Claro. Pero con una condición.
Camila se puso seria.
—¿Cuál?
—Que cuando seas famosa me consigas boletos gratis.
Todos comenzamos a reír.
Camila lo abrazó.
Yo sentí un alivio enorme.
Habíamos encontrado una manera de ayudarla a cumplir su sueño.
Y además estaría acompañada por alguien en quien confiábamos desde hacía décadas.
Durante las primeras semanas todo funcionó perfectamente.
Julián llegaba puntual.
Camila salía con su mochila y su bolsa de danza.