Mauricio y yo trabajábamos hasta tarde.
Intentamos reorganizar nuestros horarios.
Preguntamos por transporte.
Buscamos otras familias que vivieran cerca.
Pero ninguna opción parecía funcionar.
Entonces apareció una solución inesperada.
Fue durante una comida de domingo.
Estábamos sentados en el patio cuando nuestro amigo Julián escuchó que hablábamos del problema.
Julián era el mejor amigo de Mauricio desde la preparatoria.
Se conocían desde hacía casi treinta años.
Habían compartido vacaciones.
Trabajos.
Momentos difíciles.
Y celebraciones familiares.
Julián había sido testigo de nuestra boda.
Estuvo en el hospital cuando nació Camila.
Y durante toda su infancia le llevó regalos de cumpleaños.
Ella siempre lo llamó tío Julián.
Aunque no existiera ningún parentesco de sangre.
Aquel domingo, Julián dejó su vaso sobre la mesa.
—¿Y por qué no me preguntaron a mí?
Mauricio lo miró.