Yo me sentaba junto a ella.
—Entonces encontraremos otra manera de que sigas haciendo lo que amas.
Camila bajaba la mirada.
—Pero no sería lo mismo.
Le tomaba la mano.
—No, hija. Quizá no sería lo mismo.
Respiraba profundamente.
—Y tienes derecho a estar triste por eso.
Durante mucho tiempo habíamos intentado animarla con frases como «todo va a salir bien» o «seguro volverás a bailar».
Pero comprendimos que no podíamos prometerle algo que los médicos todavía no sabían.
Lo que sí podíamos prometerle era que no estaría sola.
Que la escucharíamos.
Que la acompañaríamos a sus consultas.
Y que su valor como persona nunca dependería de lo que pudiera hacer sobre un escenario.
Poco a poco Camila comenzó a recuperar la tranquilidad.
Hubo días difíciles.
Días en los que lloraba al ver fotografías de sus antiguas presentaciones.