Bailaba mientras se cepillaba los dientes.
Daba vueltas cuando esperaba el desayuno.
Y utilizaba cualquier superficie de la casa para practicar sus movimientos.
Nuestra cocina era pequeña.
Apenas había espacio para que dos personas caminaran sin estorbarse.
Pero Camila encontraba la manera de convertirla en un escenario.
Recuerdo que cuando tenía siete años se sujetaba del respaldo de una silla, levantaba una pierna y comenzaba a practicar mientras yo preparaba el desayuno.
—¡Camila, cuidado con el refrigerador! —le gritaba.
Ella soltaba una carcajada.
—¡Mamá, tengo que aprender a controlar mis movimientos!
Después daba otra vuelta.
Y casi siempre terminaba chocando contra algo.
Yo fingía estar enojada.
Ella me abrazaba.
Y seguía bailando.
Con los años, aquella afición se convirtió en algo mucho más serio.
Camila comenzó a tomar clases de ballet a los cinco años.
Primero iba dos veces por semana.