Durante casi treinta años confié en el mejor amigo de mi esposo.
Lo invitábamos a todas nuestras celebraciones.
Tenía una llave de nuestra casa.
Había estado presente cuando nació nuestra hija.
Y ella lo llamaba tío desde que aprendió a hablar.
Por eso, cuando comenzó a llevarla a sus clases de ballet, jamás imaginé que algún día terminaría sospechando de él.
Pero una madre puede llegar a imaginar cosas terribles cuando su hija deja de sonreír, comienza a esconder secretos y llora detrás de una puerta cerrada.
Me llamo Verónica, tengo cuarenta y cuatro años y vivo con mi esposo, Mauricio, y nuestra hija de dieciséis años, Camila, en una colonia tranquila de Querétaro.
Camila siempre fue una niña alegre.
Desde pequeña tenía una energía que parecía no agotarse nunca.