EL MEJOR AMIGO DE MI ESPOSO LLEVABA A NUESTRA HIJA DE 16 AÑOS A SUS CLASES DE BALLET TRES VECES POR SEMANA. DE PRONTO, ELLA DEJÓ DE HABLARNOS, ESCONDIÓ SUS ZAPATILLAS Y COMENZÓ A LLORAR A PUERTA CERRADA. UN DÍA FUI A LA ACADEMIA SIN AVISAR Y DESCUBRÍ QUE MI HIJA NO ESTABA ALLÍ. CUANDO SU MAESTRA ME DIJO: «SEÑORA, ¿SU HIJA NO LE HA CONTADO LO QUE ESTÁ PASANDO?», SENTÍ QUE EL MUNDO SE ME VENÍA ENCIMA.

—No debe realizar esfuerzos exigentes hasta que sus médicos lo autoricen —dijo.

Yo apenas podía escucharla.

—¿Y ha venido aquí todo este tiempo?

La maestra asintió.

—Algunos días.

—¿Para qué?

—Para observar las clases. A veces se sienta al fondo del salón. Otras veces prefiere quedarse en la recepción.

Hizo una pausa.

—Pero no ha vuelto a bailar.

Me cubrí la boca.

Mi hija llevaba casi un mes sin practicar.

Casi un mes viviendo con un diagnóstico que podía cambiar su futuro.

Y yo no sabía nada.

—¿Por qué no me llamaron? —pregunté.

La voz me salió más fuerte de lo que pretendía.

Elena bajó la mirada.

—Creímos que usted estaba enterada. Camila insistió en que ya lo habían hablado en casa.

Respiró profundamente.

—Debimos confirmar directamente con ustedes. Fue un error.

No supe qué responder.

Tenía demasiadas emociones al mismo tiempo.

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