Recordé la manera en que le había sujetado la manga.
Su voz suplicante.
La expresión de Julián cuando me vio.
Y sentí un miedo que apenas podía soportar.
No quería pensar mal de él.
Era nuestro amigo desde hacía treinta años.
Había cargado a Camila cuando era bebé.
Le había enseñado a andar en bicicleta.
Había celebrado cada uno de sus cumpleaños.
Pero también sabía que la confianza no debía impedirme escuchar las señales de que algo podía estar ocurriendo.
No tenía pruebas.
No sabía qué significaba aquella conversación.
Y precisamente por eso necesitaba averiguarlo.
A la mañana siguiente tomé una decisión.
Pedí salir temprano del trabajo.
No se lo dije a Mauricio.
Tampoco avisé a Julián.
Conduje hasta la academia.
Quería ver a mi hija.