—No quiero.
—Pero llevas meses esperando esta oportunidad.
Su expresión cambió.
—¡Pues ya no quiero!
Me quedé inmóvil.
Camila respiraba rápidamente.
Tenía los ojos llenos de lágrimas.
—Hija, ¿pasó algo en la academia?
Negó con la cabeza.
—¿Alguna compañera te hizo sentir mal?
—No.
—¿Tu maestra te dijo algo?
—¡Mamá, por favor!
Se levantó.
Me abrió la puerta.
Y me pidió que saliera.
Aquella noche hablé con Mauricio.
Le conté lo preocupada que estaba.
Él suspiró.
—Verónica, tiene dieciséis años.
—¿Y eso qué significa?
—Que está creciendo. Que tiene cambios de humor. Que quizá está cansada.
Negué con la cabeza.
—Esto no es normal en ella.
Mauricio me tomó la mano.
—No podemos convertir cada silencio en una tragedia.
Quise creerle.
De verdad quise.
Pero había algo en la mirada de Camila que me impedía estar tranquila.
Y entonces ocurrió lo que terminó por despertar todos mis temores.