No comprendí que, al ocultarte las dificultades, también te estaba quitando la oportunidad de decidir conmigo.
Cuando enfermé, pasé muchas noches pensando en lo que ocurriría después de mi muerte.
No quería que tuvieras que depender de la buena voluntad de nuestros hijos.
No quería que Beatrice pudiera convencerte de que sus derechos eran mayores que los tuyos.
Y no quería que la lectura de mi testamento fuera el final de tu historia.
Por eso organicé mis documentos.
No para que sufrieras.
No para castigarte.
Y tampoco para que nuestra familia se enfrentara.
Lo hice porque, aunque no siempre supe demostrarlo de la manera correcta, siempre creí que tenías derecho a vivir con dignidad y libertad.
Si he conseguido darte eso, entonces mi último esfuerzo habrá valido la pena.
Pero hay algo más que quiero pedirte.
No pases los años que te queden intentando descubrir si cada uno de nuestros recuerdos fue verdadero.