Eso significaba que el asunto no terminaría aquel día.
Habría más revisiones, más conversaciones y posiblemente negociaciones.
Pero algo ya había cambiado.
La familia sabía que Walter había dejado mucho más que un testamento.
Había dejado un registro de decisiones, errores y esfuerzos por reparar lo que había sucedido.
Y había dejado una carta en la que reconocía que proteger a alguien no siempre significa ocultarle la verdad.
Al terminar la reunión, Thomas se acercó a mí.
—Mamá, ¿estás bien?
Lo miré y sonreí débilmente.
—No del todo, cariño. Pero estoy mejor que hace dos semanas.
Me abrazó.
—Papá debería habértelo contado.
Cerré los ojos.
—Sí. Debería haberlo hecho.
Y decirlo en voz alta fue doloroso.
Pero también fue liberador.
No necesitaba convertir a Walter en un hombre perfecto para seguir amándolo.