Contraté a un carpintero para arreglar las tablas sueltas y reforzar el columpio.
Después pinté la puerta de entrada del mismo tono azul claro que recordaba de mi infancia.
Alfreda vino a ayudarme un sábado.
Mientras pintábamos, me contó que sus hijos querían pasar el verano conmigo.
—Dicen que quieren dormir en la casa de la abuela y escuchar tus historias.
Sonreí.
—Entonces tendrán que aprender a preparar el desayuno y a recoger sus platos.
Mi hija se echó a reír.
—Eso también forma parte de las historias familiares, supongo.
Durante muchos años había creído que mi legado consistiría en dejar a Alfreda algunas fotografías, una Biblia antigua y los recuerdos de una mujer que siempre había trabajado demasiado.
Ahora podía ofrecerle algo más.
Un lugar donde reunirse.
Un porche donde sentarse.
Un jardín donde sus hijos pudieran correr.