Durante mucho tiempo, no hice grandes cambios en la propiedad.
No quería convertirla en algo irreconocible.
La casa principal seguía necesitando reparaciones. El granero requería atención y había zonas del tejado que tendrían que renovarse. También necesitaba asesoramiento financiero para comprender los impuestos, los gastos de mantenimiento y las responsabilidades que acompañaban a la propiedad.
Con la ayuda de Miriam y de un asesor independiente, empecé a organizarlo todo.
No me volví rica de la noche a la mañana.
Ser propietaria de una casa y de un terreno no significaba que tuviera dinero ilimitado en el banco.
Había facturas, obligaciones y decisiones que tomar.
Pero ya no tenía que preocuparme por perder mi hogar porque alguien decidiera que mis servicios habían dejado de ser necesarios.
Y eso lo cambió todo.
Lo primero que hice fue reparar el porche de la pequeña casa blanca.