La cuenta del hospital de su madre seguiría llegando.
El alquiler seguiría vencido.
Y, a la mañana siguiente, tendría que levantarse antes del amanecer.
Pero aquella noche, mientras servía la última mesa, no pudo dejar de pensar en la frase de Ethan.
«No dejes que me lleven a casa».
¿Qué había ocurrido realmente en aquel callejón?
Y ¿por qué un niño que tenía todo el dinero del mundo temía regresar a su propio hogar?
Parte 3: El hombre que no podía comprar una respuesta
A las 2:17 de la madrugada, el teléfono de Harper vibró.
Estaba sentada en la pequeña cocina de su apartamento, contando las monedas que le quedaban después de comprar los medicamentos de su madre.
El mensaje procedía de un número desconocido.
«Ethan está estable. Ha preguntado por ti. —Roman Duca».
Harper dejó escapar un suspiro que no sabía que llevaba horas conteniendo.