El sonido de sus saludos resonó por todo el patio.
Caminé hasta el estrado.
Miré las filas de jóvenes marines que tenía delante y pensé en la muchacha de dieciocho años que había anunciado a su familia que quería servir a su país.
Recordé las carcajadas de mi padre.
Recordé las burlas de Glenn.
Y recordé todas las veces que había estado tentada de abandonar, no porque no amara mi trabajo, sino porque estaba cansada de luchar por el derecho a que me tomaran en serio.
Entonces comprendí algo.
Nunca había necesitado que mi familia creyera en mí para que mi carrera fuera real.
Mi servicio, mis sacrificios y mis responsabilidades existían independientemente de sus opiniones.
Me acerqué al micrófono.
—Marines —comencé—, hoy asumo este mando con humildad y con un profundo respeto por quienes han servido antes que nosotros. Una institución sólida no se construye únicamente con disciplina. Se construye también con justicia, responsabilidad y la disposición a reconocer nuestros errores.