Entonces miré a Marcus.
—Estoy aquí porque no quiero que mi hija sea recordada únicamente como la chica que murió en un accidente.
Saqué otra hoja del bolsillo.
Era una fotografía de Linda.
Tenía diecisiete años, el cabello castaño cayéndole sobre los hombros y una sonrisa enorme que siempre aparecía cuando sabía que alguien estaba a punto de tomarle una foto.
La había llevado conmigo a todas las audiencias.
—Se llamaba Linda Patterson —dije—. Quería estudiar veterinaria. Le encantaban los animales, especialmente los perros viejos que nadie quería adoptar. Trabajaba los sábados en una cafetería para ahorrar dinero para la universidad. Cantaba fatal cuando cocinaba y se enfadaba conmigo si fingía no escucharla.
Se me escapó una sonrisa dolorosa.
—El último regalo que me hizo fue una taza que decía «El mejor padre del mundo». La compró en una tienda de segunda mano porque no tenía dinero para otra cosa. Todavía la uso todas las mañanas.