No había dejado de extrañarla.
Nunca dejaría de hacerlo.
Pero empezaba a comprender que recordar a Linda no significaba tener que permanecer para siempre en el peor día de nuestras vidas.
Significaba llevarla con nosotros mientras seguíamos viviendo.
La última carta
Unas semanas después recibí una carta de Marcus.
Había llegado a través del centro donde cumplía su condena.
La abrí en la cocina, junto a la taza que Linda me había regalado.
«Señor Patterson:
No sé si recuerda lo que me dijo en el tribunal.
Me dijo que tendría que aprender a vivir con lo que hice, no para olvidarlo, sino para impedir que volviera a suceder.
Pienso en esas palabras todos los días.
Estoy participando en un programa educativo y en sesiones para aprender a asumir la responsabilidad de mis decisiones. No escribo esto para que piense que he cambiado de repente ni para pedirle que se sienta orgulloso de mí.