—Podemos hablarlo después de Navidad —respondí—. Despacio. Sin promesas que no podamos cumplir.
Thomas inclinó la cabeza.
—Lo entiendo.
Margaret se levantó.
—¿Puedo abrazarlos?
Miré a los niños.
Sophia asintió primero.
Olivia la siguió.
Los dos niños se acercaron después.
Margaret los abrazó con una delicadeza casi temerosa, como si supiera que estaba sosteniendo algo precioso que podía perderse de nuevo.
No la perdoné en aquel instante.
Pero tampoco aparté a mis hijos.
A veces, la primera oportunidad no es el perdón.
Es permitir que alguien demuestre que ha comprendido lo que hizo.
Capítulo 6: La carta que nunca envié
Mientras los niños exploraban el salón con su abuelo, Daniel se acercó a mí.
Parecía haber envejecido diez años en una sola tarde.
—¿Podemos hablar a solas?
Lo miré.
—Podemos hablar aquí. No tengo nada que ocultar.
Él asintió lentamente.