Pero recuperó fuerza en los brazos, mejoró su equilibrio y consiguió ponerse de pie durante algunos segundos utilizando soportes.
La primera vez que lo hizo se miró en el espejo.
Y se rio.
No había escuchado esa risa desde antes de la explosión.
Un año después regresamos juntos al pasillo rojo.
La seda oscura había desaparecido.
Mateo eligió paredes color crema.
Dentro del antiguo compartimento colocamos una copia de la grabación de Isabel, una fotografía y una carta escrita por mi hijo.
Decía:
«Mamá, me dijiste que siguiera escuchando. Lo hice. Papá también aprendió a escuchar. Estamos bien.»
Mateo cerró el panel.
Después me miró.
«¿Todavía miras las cámaras?»
«Solo las de afuera.»
«¿No me vigilas?»
«Nunca.»
Sonrió y giró su silla hacia el jardín.
«Carrera.»
Elena empezó a reír.
«Tienes ruedas. Eso es trampa.»
«Tú tienes piernas largas.»