«¿Lo hice solo?»
«Solo.»
Sonrió.
Después señaló hacia afuera.
«Jardín.»
No estaba pidiendo permiso.
Estaba decidiendo.
Elena caminó a su lado.
Yo los seguí.
En el jardín nos detuvimos frente a la piedra conmemorativa de Isabel.
Mateo sostuvo mi mano.
«¿Siempre voy a tener miedo?»
Quise prometerle que no.
Pero ya había aprendido lo peligroso que era reemplazar la verdad con lo que uno deseaba escuchar.
«A veces sí.»
Me miró.
«¿Y entonces?»
«Entonces no estarás solo.»
La primavera siguiente abrimos un pequeño centro de rehabilitación en el ala este de la propiedad.
Lo llamamos Casa Isabel.
Atendía a niños con lesiones medulares y a sus familias. Elena dirigía el programa de acompañamiento.
Mateo se convirtió, sin pedirlo, en el mejor guía del lugar.
Sus piernas continuaron débiles. Ningún médico prometió que volvería a caminar normalmente.