Cuando abrió la puerta, su expresión se transformó.
La habitación estaba fría.
Las cortinas eran pesadas.
Los muebles parecían pertenecer a un hospital abandonado.
Y junto a la cama todavía había una bandeja con comida que nadie había retirado.
Lorenzo permaneció inmóvil.
—¿Mi padre vivía aquí?
Asentí lentamente.
—Sí.
Se acercó a la ventana.
Tocó el cristal helado.
Después miró la pequeña manta eléctrica que había comprado.
—¿Quién trajo esto?
—Yo.
—¿La compraste con dinero de la casa?
Negué.
—Con mis propinas.
Lorenzo cerró los ojos.
Durante varios segundos no dijo nada.
Después murmuró:
—Durante cinco años me dijeron que estaba recibiendo los mejores cuidados posibles.
Sentí una tristeza profunda.
—Su padre necesita que alguien lo escuche, Lorenzo. Aunque no pueda responder con palabras.
Él me miró.
—¿Crees que entiende todo?
—Estoy segura.
Aquella tarde, Lorenzo ordenó una evaluación médica independiente para Giovanni.