Pero necesitaba descansar, hidratarme y evitar esfuerzos físicos excesivos.
Cuando la doctora salió, Lorenzo estaba esperando en el pasillo.
—¿Cómo estás?
Me sorprendió que preguntara.
—Bien, señor.
Su expresión se volvió seria.
—No tienes que llamarme señor cada vez que hablas.
Bajé la mirada.
—Es una costumbre.
Lorenzo observó mis manos.
—¿Cuánto tiempo llevas trabajando aquí?
—Cuatro meses.
—¿Y cuánto tiempo llevas cuidando a mi padre?
Me quedé inmóvil.
—Desde hace casi tres meses.
Frunció el ceño.
—¿Cuidándolo?
Asentí.
—Le llevo comida caliente. Le cambio las mantas. A veces le leo.
Lorenzo permaneció en silencio.
Después preguntó:
—¿Por qué?
Aquella pregunta me desconcertó.
—Porque estaba solo.
Sus ojos cambiaron.
—Mi padre tiene enfermeros, empleados y una casa llena de personas.
Respiré profundamente.
—Pero nadie se sentaba a hablar con él.
Lorenzo me acompañó a la habitación 4B.