La señora Gable intervino apresuradamente.
—Es una empleada nueva, señor. Una muchacha problemática que…
—Silencio.
Lorenzo ni siquiera la miró.
Su atención permaneció sobre su padre.
—¿Quieres que hable con ella?
Giovanni volvió a parpadear.
Dos veces.
Lorenzo se levantó.
Y sus ojos oscuros encontraron los míos.
—Acércate.
Caminé lentamente hacia la escalera.
Mis piernas temblaban.
Tenía las manos agrietadas, el uniforme manchado de detergente y una mano apoyada sobre mi vientre de seis meses.
—¿Cómo te llamas? —preguntó Lorenzo.
—Elena, señor. Elena Brooks.
Su mirada descendió hacia mis muñecas.
—¿Qué te ocurrió?
Las escondí inmediatamente.
—Nada, señor.
Giovanni emitió un sonido ahogado.
Lorenzo volvió la cabeza.
Su padre estaba intentando mover ambas manos.
Era un esfuerzo tan grande que su rostro se contrajo.
—Papá, tranquilo.
Pero Giovanni no se calmó.
Sus ojos iban de mis muñecas a la señora Gable.