Salvatore me esperaba junto a una chimenea.
Cuando entré, el anciano se levantó lentamente.
—Tessa, necesito hacerte una pregunta.
Asentí.
—¿Giuseppe te dejó algo antes de morir?
Recordé inmediatamente una pequeña caja metálica que había guardado después de limpiar su apartamento.
—Una llave y un cuaderno.
Salvatore apretó el bastón.
—¿Todavía los tienes?
—Sí.
El anciano cerró los ojos.
—Entonces quizá podamos descubrir quién destruyó nuestra familia.
A la mañana siguiente recuperé la caja.
El cuaderno estaba escrito casi completamente en siciliano antiguo.
Durante años había pensado que contenía recetas y recuerdos.
Pero cuando Salvatore comenzó a leerlo, sus manos temblaron.
—Esto no es un diario —susurró.
Gabriel se inclinó hacia él.
—¿Qué es?
—Un registro de nombres.
Pasó varias páginas.
—Giuseppe documentó pagos, propiedades y acuerdos secretos.
Entonces se detuvo.
Su rostro perdió todo el color.
—Aquí aparece mi hermano Antonio.