—Alguien falsificó las cartas que nos enviábamos. Cuando intenté encontrarla, me dijeron que había muerto.
Sentí que las lágrimas comenzaban a recorrer mis mejillas.
Durante toda mi vida había creído que no tenía familia.
Y ahora estaba frente a dos hombres que podían ser mi padre y mi hermano.
Pero antes de que pudiera pronunciar una palabra, Gabriel recibió una llamada.
Su expresión cambió inmediatamente.
—Padre, tenemos un problema.
Salvatore levantó la mirada.
—¿Qué ocurre?
Gabriel respiró profundamente.
—Acaban de encontrar a un hombre que asegura ser Giuseppe Cosenza.
Me quedé completamente paralizada.
—Eso es imposible. Yo asistí a su funeral.
Gabriel me miró.
—El hombre dice que la persona enterrada bajo su nombre no era él.
Entonces el teléfono volvió a sonar.
Gabriel activó el altavoz.
Una voz anciana llenó la habitación.
—Salvatore, viejo amigo…
Reconocí aquella voz inmediatamente.