—No deberías haberme hecho el vestido —le dije.
Levantó la cabeza, sorprendido.
—¿Qué?
—No deberías haber tenido que hacerlo. No es justo que tengas que arreglar todo lo que ella nos hace.
Se quedó callado un momento.
—No lo hice porque ella no te comprara uno.
—¿Entonces?
Miró sus manos.
—Lo hice porque mamá quería que fueras al baile.
Sentí que se me cerraba la garganta.
—¿Cómo lo sabes?
Fue hasta el cajón del aparador y sacó un sobre amarillento.
Reconocí la letra de nuestra madre.
Era la misma carta que yo había leído cientos de veces, la que hablaba del dinero que había ahorrado para nosotros.
Pero mi hermano tenía algo más.
Una nota pequeña, doblada en cuatro, que estaba escondida dentro de un libro de costura.
—La encontré cuando buscaba el manual de la máquina —explicó—. Creo que se le cayó allí hace años.