Respiré hondo.
Después crucé la puerta.
No había cámaras esperándome. No había música triunfal. No había ninguna sensación mágica de que todo estuviera arreglado.
Solo una calle, un vehículo y un futuro que me aterraba.
Pero era mi futuro.
Y eso bastaba para dar el primer paso.
Pasaron seis meses.
La recuperación fue más lenta de lo que esperaba. Hubo días en los que apenas podía soportar el dolor. Otros en los que los recuerdos me despertaban en mitad de la noche y tenía que recordarme dónde estaba.
Recibí terapia, continué con la rehabilitación y aprendí a pedir ayuda sin sentir que estaba molestando a los demás.
También aprendí a hacer cosas que antes parecían imposibles: administrar mi propio dinero, tomar decisiones sin pedir permiso y pasar una tarde entera sin preguntarme si alguien estaría enfadado conmigo.