Ella había escuchado cada palabra.
Lo supe porque apretó los labios y levantó un poco la cabeza, como hacía siempre cuando intentaba que nadie notara que algo le dolía.
Pero siguió caminando.
Llevaba aquella figura con muchísimo cuidado.
Como si no estuviera cargando cartón.
Como si estuviera acompañando a una persona.
Nos acercábamos a nuestros asientos cuando apareció el director.
El licenciado Héctor Salcedo llevaba varios años al frente de la institución.
Era un hombre de casi sesenta años, serio y acostumbrado a que sus decisiones no fueran cuestionadas.
Se detuvo frente a Renata.
—Señorita Martínez, ¿qué significa esto?
Mi hija lo miró.
—Buenos días, director.
—Le pregunté qué está haciendo con eso.
—Quiero que Emiliano esté presente en la ceremonia.
El director miró la figura.
Su expresión se endureció.
—Esto es una graduación, no un espectáculo.