Alguien la había tomado desde la parte trasera del gimnasio.
Mi hija estaba de pie frente al micrófono.
Sostenía la figura de Emiliano con un brazo.
Con la otra mano extendía aquel documento sellado.
El director estaba frente a ella.
Y detrás se veían decenas de rostros observando.
—¿Te arrepientes? —le pregunté.
Renata levantó la mirada.
—¿De qué?
—De haber hecho aquello el día de tu graduación.
Pensó unos segundos.
—No.
—Pero no pudiste recibir tu diploma con tus compañeros.
—Me lo mandaron después.
—Lo sé.
Sonrió apenas.
—Mamá, yo sí terminé la preparatoria. Emiliano no tuvo esa oportunidad.
No encontré respuesta.
Entonces mi hija añadió:
—No quería que todos sintieran lástima por él. Solamente quería que supieran que no era justo que su lugar estuviera vacío.
Me senté junto a ella.
—Estoy orgullosa de ti.