Durante meses estuvo apoyada contra una pared.
A veces entraba y la encontraba cubierta con una sábana para protegerla del polvo.
Una tarde le pregunté:
—¿Qué vas a hacer con Emiliano?
Renata me miró confundida.
—¿Con Emiliano?
—Con la figura.
Volteó hacia el cartón.
—No sé.
—Podríamos guardarla en otro lugar.
—Está bien ahí.
—O tirarla, si ya no la necesitas.
Mi hija negó con la cabeza.
—No quiero tirarla.
—¿Por qué?
Permaneció pensando.
Después respondió:
—Porque me recuerda que hubo un día en que todos se rieron de alguien que ni siquiera estaba presente para defenderse.
Miré la fotografía.
El muchacho de quince años seguía sonriendo debajo del birrete.
—Y también me recuerda que yo pude haber hecho más antes.
Sentí un nudo en la garganta.
—Tú hiciste mucho, hija.
Renata me miró.
—Pero no fue suficiente.
No intenté convencerla de lo contrario.