MI HIJA LLEVÓ UNA FIGURA DE CARTÓN DE TAMAÑO REAL A SU GRADUACIÓN Y MÁS DE DOSCIENTAS PERSONAS SE BURLARON DE ELLA.

Y yo le creí.

Pero eso no eliminaba su responsabilidad.

Porque había firmado la expulsión de un muchacho de quince años sin preguntar si existían testigos que pudieran contradecir la acusación.

Durante la revisión le preguntaron por qué no había buscado testimonios de otros alumnos.

Su respuesta me dejó helada.

Dijo que en todos sus años como director casi nunca había recibido declaraciones voluntarias de estudiantes en casos disciplinarios.

Por eso no había considerado necesario preguntar.

Pensé en Renata.

En Ximena.

En dos adolescentes que sí habían intentado hablar.

Y en un adulto que no hizo la pregunta que habría permitido escucharlas.

También pensé en mí.

Porque yo había hecho algo parecido.

Mi hija me mostró la verdad.

Y yo le dije que no se metiera en problemas.

La escuela falló.

El director falló.

Pero yo tampoco había estado a la altura.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *