Pero siguió buscando una manera de demostrar que la escuela había cometido un error.
Y entonces llegó la graduación.
Un día que, para todos sus compañeros, representaba el final de una etapa.
Pero para Emiliano era un recordatorio de algo que le habían arrebatado.
Renata lo invitó.
—Puedes venir si quieres.
Él respondió que lo pensaría.
Días después le dijo que no.
—No quiero volver a ese lugar.
—Lo entiendo.
—Y tampoco quiero que todos me miren como si fuera una víctima.
—Está bien.
Mi hija no discutió.
No volvió a insistir.
En lugar de eso, entró al garaje.
Sacó una fotografía de cuando tenían quince años.
Compró cartón.
Una toga.
Un birrete.
Y comenzó a construir una figura de tamaño real.
No porque creyera que el cartón podía reemplazar a Emiliano.
Sino porque quería que su ausencia fuera imposible de ignorar.