Sentí un escalofrío.
—¿Tratamiento? ¿Por qué?
Arnold respiró profundamente.
—Le diagnosticaron un tumor cerebral.
EL MUNDO PARECIÓ DETENERSE.
—Eso es imposible —susurré—. Ben habría venido a contármelo.
Arnold bajó la mirada.
—Él nos pidió que respetáramos su privacidad.
—¿Y por eso nadie me dijo nada?
—No podíamos revelar su diagnóstico sin su autorización. Yo le insistí muchas veces en que hablara contigo.
Me llevé las manos a la cabeza.
—¿Dónde está ahora?
Arnold vaciló.
—Esta mañana tuvo una convulsión mientras estaba en una consulta de seguimiento. Está ingresado en neurología. Los médicos están evaluándolo.
—Quiero verlo.
—Voy a avisarle que estás aquí.
Mientras esperaba, recordé las noches en que Ben llegaba agotado.
Los dolores de cabeza que atribuía al estrés.
Las veces que había encontrado medicamentos en su maletín y él decía que eran para un paciente.