Tomé aire.
—Mañana te quiero aquí a las ocho.
Me miró confundido.
—¿Para qué?
—Porque necesito ayuda en la bodega.
Parpadeó varias veces.
—¿Trabajo?
—Trabajo.
—¿De verdad?
—De verdad.
Sus ojos se llenaron de lágrimas otra vez.
—No le voy a fallar.
—Eso espero.
Sonreí.
—Porque pienso pagarte para que trabajes, no para que llores.
Por primera vez lo vi reír.
Y descubrí que detrás de toda aquella tristeza había un muchacho noble.
A la mañana siguiente llegó quince minutos antes.
Y así comenzó todo.
Los primeros meses acomodaba mercancía.
Recibía proveedores.
Limpiaba.
Ayudaba con inventarios.
Jamás llegó tarde.
Jamás faltó.
Jamás se llevó algo que no fuera suyo.
Con el tiempo empecé a confiarle más responsabilidades.
Después la caja.
Luego las compras.
Más tarde la supervisión de personal.
Los clientes comenzaron a apreciarlo.
Los proveedores también.