Le expliqué que, durante los últimos meses de su vida, Robert había empezado a decir cosas extrañas. A veces me abrazaba con una fuerza inusual. Otras veces me preguntaba si alguna vez podría perdonarlo por sus errores.
Yo había atribuido aquellas palabras al miedo que sentía por su enfermedad.
Ahora comprendía que había algo más.
—Sabía que estaba enfermo y que quizá no tendría tiempo para contártelo —dijo Susan—. Quería hacerlo, Margaret. De verdad. Pero tenía miedo de que su confesión llegara cuando ya no pudiera responder a tus preguntas.
Me tapé el rostro con las manos.
Durante mucho tiempo no dije nada.
Después pregunté:
—¿Dónde está Emily ahora?
Susan miró el sobre.
—En el vestíbulo del hotel.
Me quedé helada.
—¿Qué?
—Vino esta mañana. No quería entrar sin tu permiso. Me pidió que te entregara la carta primero.