Su padre siempre había sido un hombre ocupado. Había construido su carrera viajando, negociando contratos y tomando decisiones difíciles. A veces, ella deseaba que estuviera más presente.
Pero nunca había dudado de una cosa: cuando realmente lo necesitaba, él la escuchaba.
—Papá, no quiero que utilices esto para perjudicarlo.
—No lo haré.
—Prométemelo.
—Te lo prometo. Si ha incumplido las normas, habrá consecuencias conforme al procedimiento. Si no las ha incumplido, no inventaremos ninguna. Pero nadie tiene derecho a humillarte.
Zara cerró los ojos un instante.
—Gracias.
—¿Quieres que vaya al aeropuerto?
—No hace falta. Quiero terminar lo que he empezado.
Marcus dejó escapar una pequeña risa.
—Esa respuesta se parece mucho a tu madre.
Zara sonrió.
Su madre había muerto cuatro años antes, y aquella comparación siempre le producía una mezcla de alegría y tristeza.
—Te quiero, papá.