—Un poco —respondió Zara—. Aunque probablemente esté más preocupado por el informe que por el retraso.
Ambas soltaron una pequeña risa.
Entonces sonó el teléfono de Zara.
Era Marcus.
—¿Estás bien, cariño?
La voz de su padre había perdido toda la frialdad que había mostrado durante la llamada anterior.
—Sí, papá.
—¿Te ha asustado?
Zara pensó en la manera en que Richard la había mirado, en sus comentarios y en la facilidad con la que había decidido que ella no pertenecía a aquel lugar.
—No exactamente. Me ha hecho sentir que tenía que demostrar que merecía estar ahí.
Marcus permaneció callado unos segundos.
—Escúchame bien. No tienes que demostrarle a nadie que mereces respeto. El respeto no depende de tu edad, de tu ropa, de tu dinero ni de quién sea tu familia.
Zara sintió un nudo en la garganta.