Él no respondió.
Fue entonces cuando mi madre cometió el error que terminó de cambiarlo todo.
—¡Además, tu padre y yo ya hablamos con un gestor! Solo necesitamos que firmes unos documentos para que Daniela pueda hacer los trámites. No tienes por qué ponerte así.
La miré fijamente.
—¿Qué documentos?
—Unos papeles para facilitar las cosas. No exageres.
Dejé las bolsas en el suelo y abrí mi mochila.
Saqué una carpeta azul.
Dentro estaba la escritura de compraventa de mi departamento, registrada a mi nombre, junto con los documentos de la operación hipotecaria y los comprobantes de los pagos que había realizado.
La puse sobre la mesa.
—Aquí está la escritura. Mi nombre aparece en ella como propietaria. No el de Daniela. No el tuyo, mamá. Ni el de papá.
Los tres se quedaron callados.
Mi padre tomó el documento y comenzó a leerlo.
Mi madre perdió el color del rostro.