A las ocho, mi padre apareció en la cocina.
—¿Qué haces con tantas bolsas?
—Me voy a mi departamento.
Dejó caer el periódico sobre la mesa.
—¿Ahora? ¿Y tu hermana? Se casa dentro de tres semanas.
—Eso no cambia nada.
Mi madre apareció detrás de él, todavía en bata.
—¡Sofía, deja de hacer berrinches! Daniela y Arturo necesitan ese lugar. Ya invitamos a la familia a conocerlo y la señora Leonor está organizando todo.
La miré con incredulidad.
—¿Invitaste gente a mi departamento sin preguntarme?
—¡Somos tu familia! No deberías necesitar que te pidamos permiso para todo.
Solté una risa amarga.
—Entonces, ¿puedo entrar a la casa de la señora Leonor, cambiar sus muebles y decidir quién va a vivir ahí? Al fin y al cabo, también es familia política de Daniela.
Mi madre se puso roja.
—¡No seas insolente!