—Lo sé.
—Y no voy a prestarte dinero cada vez que las cosas se compliquen.
—Lo entiendo.
Me miró con los ojos llenos de lágrimas.
—¿Crees que algún día podremos volver a ser como antes?
Tomé aire.
—No quiero que volvamos a ser como antes. Quiero que tengamos una relación mejor. Una en la que podamos querernos sin que una tenga que sacrificarse siempre por la otra.
Daniela asintió.
Nos abrazamos.
No fue una reconciliación mágica. No solucionó de golpe años de resentimiento ni convirtió a nuestra familia en una familia perfecta.
Pero fue un comienzo.
Esa noche, después de que Daniela se marchara, salí al balcón con una taza de té.
Las luces de la Ciudad de México brillaban a lo lejos. El aire estaba fresco y la pared gris del salón reflejaba suavemente la luz de la lámpara.