Después enmarqué la carta y la colgué junto a la fotografía de mi abuela.
Aquella tarde, Daniela apareció sin avisar.
Llevaba una caja de pastel de chocolate, el que siempre comprábamos cuando éramos niñas.
—¿Puedo pasar? —preguntó.
Me hice a un lado.
Se sentó en el sofá y miró las paredes.
—Te quedó bonito el departamento.
—Gracias.
Observó la pared gris y sonrió débilmente.
—Arturo todavía dice que ese color le da dolor de cabeza.
Por primera vez en meses, ambas nos reímos.
Después se puso seria.
—Sofi, vine a pedirte perdón. No por haber perdido el departamento, sino por haber creído que tenía derecho a él. Mamá me enseñó durante años que tú siempre estarías ahí para resolver mis problemas. Yo nunca me pregunté cuánto te costaba.
No respondí inmediatamente.
—Te quiero, Daniela. Pero no puedo seguir viviendo de esa manera.