Después de ahorrar cinco años para comprar mi primer departamento, escuché a mis padres decir: “¿Y dónde vivirá tu hermana cuando se case si tú te mudas?”. Habían decidido regalarle mi propiedad y dejarme en mi viejo cuarto. No lloré ni supliqué. Simplemente anuncié que también podía vender algo de la casa familiar. Lo que revelé después los dejó aterrados…

Después enmarqué la carta y la colgué junto a la fotografía de mi abuela.

Aquella tarde, Daniela apareció sin avisar.

Llevaba una caja de pastel de chocolate, el que siempre comprábamos cuando éramos niñas.

—¿Puedo pasar? —preguntó.

Me hice a un lado.

Se sentó en el sofá y miró las paredes.

—Te quedó bonito el departamento.

—Gracias.

Observó la pared gris y sonrió débilmente.

—Arturo todavía dice que ese color le da dolor de cabeza.

Por primera vez en meses, ambas nos reímos.

Después se puso seria.

—Sofi, vine a pedirte perdón. No por haber perdido el departamento, sino por haber creído que tenía derecho a él. Mamá me enseñó durante años que tú siempre estarías ahí para resolver mis problemas. Yo nunca me pregunté cuánto te costaba.

No respondí inmediatamente.

—Te quiero, Daniela. Pero no puedo seguir viviendo de esa manera.

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