Me apoyé contra la encimera.
—Nunca le prometí nada.
—Ahora lo sé. Y quiero que sepas que no espero que les des tu propiedad. De hecho, he hablado con mi hijo. Si quiere casarse, tendrá que hacerlo con los recursos que él y Daniela puedan aportar.
No pude evitar sorprenderme.
Durante meses, la señora Leonor había hablado como si su hijo estuviera destinado a una vida de privilegios.
Ahora parecía comprender que un matrimonio no podía comenzar exigiendo el patrimonio de otra persona.
—Gracias por llamarme —respondí.
—Y una cosa más, Sofía. Mi hijo me dijo que tú habías amenazado con demandarlos. ¿Es cierto?
—Le dije que protegería mi propiedad si alguien intentaba transferirla sin mi autorización.
—Eso me parecía. Solo quería confirmarlo.
Antes de despedirse, añadió:
—Ojalá mi hijo aprenda de ti que la independencia se construye trabajando, no esperando que alguien te regale lo que no ha ganado.