Sabían que yo podía negarme. Por eso habían decidido organizarlo todo a mis espaldas.
—Papá, si necesitas ayuda para revisar tus deudas y elaborar un plan de pagos, puedo hacerlo. Pero no voy a entregar mi casa ni a asumir obligaciones que no me corresponden.
Él asintió lentamente.
—Lo entiendo.
Mi madre, en cambio, se levantó indignada.
—¡Entonces vas a dejar que tu padre se hunda mientras tú vives en un departamento precioso!
—No. Voy a ayudarlo a encontrar una solución que no implique destruir mi futuro.
Daniela se secó las lágrimas.
—¿Y yo qué hago? ¿Dónde voy a vivir?
Por primera vez, no sentí la obligación de resolverle la vida.
—Tú y Arturo tendrán que preparar un presupuesto, buscar una vivienda que puedan pagar y decidir qué estilo de vida pueden permitirse con sus ingresos actuales.
—¡Eso es humillante!
—No, Daniela. Es ser adulto.