Esa noche lloré cuando te marchaste.
No de tristeza.
Lloré porque, después de tantos años, alguien había escuchado un deseo que yo misma había considerado absurdo.
Quiero que sepas que nunca confundí tu bondad con una promesa de amor romántico. Sabía que nuestra ceremonia no era un matrimonio legal ni pretendía que lo fuera. Sabía quién eras y sabía quién era yo.
No quería robarte el futuro.
Quería celebrar el tiempo que todavía tenía.
Y lo hiciste posible.
Gracias por permitirme ponerme un vestido blanco a los setenta años.
Gracias por acompañarme hasta el altar improvisado de aquella habitación.
Gracias por dejarme mostrar mi anillo a la cámara como una muchacha orgullosa que acaba de encontrar a su príncipe.
Pero, sobre todo, gracias por no tratarme como si ya estuviera muerta mientras todavía seguía viva.