Querían reunir a las personas que habían recibido ayuda y contar algunas de sus historias con el permiso de quienes quisieran compartirlas.
Acepté asistir.
El día del encuentro, llegué con la fotografía de nuestra boda en el bolsillo.
La sala estaba llena de personas.
Había enfermeras, familiares, voluntarios y antiguos pacientes.
También estaba Sophie, acompañada por su madre.
La niña se acercó a mí cuando me vio.
—Quiero darte algo.
Me entregó una pequeña tarjeta.
En ella había dibujado dos figuras tomadas de la mano. Una llevaba un vestido blanco y la otra un traje oscuro.
Encima había escrito:
«Gracias por ayudar a las personas a no sentirse solas».
Tuve que apartar la mirada para ocultar las lágrimas.
—Es precioso, Sophie.
Ella sonrió.