—Yo no soy médico. Tampoco dirijo una organización benéfica.
—No te pidió que curaras a nadie ni que dirigieras un hospital. Te pidió que escucharas.
Margaret sacó una segunda carta.
La abrí.
Quiero que este fondo ayude a personas a las que el mundo ha dejado de prestar atención.
No quiero que se convierta en una campaña publicitaria ni que la gente tenga que contar sus tragedias para demostrar que merece ayuda.
Quiero que alguien pueda entrar en una habitación, sentarse junto a una persona y preguntarle: «Si pudieras hacer una cosa que te hiciera feliz, ¿qué elegirías?».
Después quiero que intenten ayudarla a hacerlo realidad.
No todas las peticiones podrán cumplirse.
Pero todas merecen ser escuchadas.
Si el dinero se termina, que se termine.
Lo que no quiero es que el deseo de una persona sea descartado antes de que alguien se tome el tiempo de conocerla.