Pero también sabía que, detrás de cada puerta, había personas viviendo historias que quizá nadie llegaría a conocer por completo.
Margaret me recibió en su despacho.
Sobre la mesa había una carpeta con el nombre de Eleanor.
—He estado organizando sus últimas pertenencias —me explicó—. Encontré varios documentos que creo que debes leer.
Abrió la carpeta y me entregó una hoja firmada unas semanas antes de la muerte de Eleanor.
Era una declaración sencilla.
Eleanor había destinado parte de sus ahorros a un pequeño fondo para ayudar a pacientes sin recursos a cumplir un deseo personal.
No quería que el dinero se utilizara exclusivamente para gastos médicos.
Quería que sirviera para algo que, a simple vista, pudiera parecer innecesario.
Un viaje corto para despedirse del mar.
Una cena con alguien a quien no se veía desde hacía años.