Lo miré durante un largo momento.
—No voy a olvidar los años felices, Robert. Pero tampoco voy a fingir que no me hiciste daño.
Él asintió.
—No te pediré que lo hagas.
Tomé su mano.
—Entonces hagamos otra fotografía.
Nos sentamos en el banco del jardín. Llamamos a Susan y a Linda, que estaban dentro de casa, y esperamos hasta que se acercaron.
Esta vez no quise una fotografía de una pareja que fingía que todo estaba bien.
Quise una fotografía de una familia imperfecta que, por fin, estaba intentando decirse la verdad.
Meses después, Robert falleció rodeado de sus hijos, de sus nietos, de Linda y de mí.
Su muerte me dejó un vacío que no puedo describir. También me dejó preguntas que quizá nunca tengan respuesta.
Pero la última noche que pasamos juntos en aquel hotel ya no es el recuerdo que más me duele.